Cuevas-Silos de la Cará

Conjunto complejo de cuevas silos medievales, hoy inaccesibles al haberse enterrado la que le servía de entrada. Uno de los escasos ejemplos de estas singulares cuevas. Mármol Carvajal dice que ante el ataque del Marqués de Mondéjar, los moriscos se refugiaron en cuevas artificiales excavadas en los acantilados “que tenían provistas de bastimentos para aquel efecto”. Según D. Joaquín Rincón, el origen de la terrera pudo deberse a una explotación aurífera romana, con infiltración de agua desde la superficie, para posterior desmoronamiento Ruina Montis. Tienen un indudable interés etnológico, si aceptamos la teoría de que son cuevas silos para la conservación semioculta del grano, a fin de evitar el expolio. Una prospección arqueológica despejaría las dudas sobre su uso.


Datos Históricos


Estas cuevas artificiales fueron empleadas con profusión por los moriscos como lugares de defensa, escondrijo o abastecimiento en el levantamiento de 1568-1570. Mármol, relatando la entrada en Ugíjar de Marques de Modéjar, las describe de esta manera: «(los moriscos) no sintiéndose tampoco seguros en los campos, se habían hecho fuertes en cuevas que tenían prevenidas de bastimentos para aquel efecto, hechas las bocas y entradas entre roquedos y peñas tajadas tan altas, que no se podía subir a ellas sin largas escaleras» (1946:238). Las cuevas de Ugíjar se sitúan en la Terrera La Cará, apenas doscientos metros al NW de la población, estando formadas por tres entradas grandes y cinco pequeñas. Cuevas naturales o artificiales sirvieron de general refugio para poblaciones que habían abandonado sus viviendas y se encontraban acosadas y desesperadas (Hurtado de Mendoza, 1946:84), como en Berchul o en las cercanías de Jorairátar, en Granada.

Allí los moriscos habían guardado abastecimientos para caso de necesidad, por lo que se estructurarían con anterioridad como silos. Conocidas mejor unas zonas que otras por los autores, todo parece indicar que el sistema se había generalizado ante la prevención de un choque armado. Estas construcciones eran muy numerosas en el río Andarax y en ellas se refugiaron, en repetidas ocasiones, los moriscos, tras ser perseguidos y derrotados en la mayoría de los altercados, como las citan en las cercanías de los pueblos alpujarreños de Ohanes o en Padules (Mármol, 1946: 241 y 338). Su inaccesibilidad les hacía eficaces para pequeños contingentes de la población y siendo difícil el reducir la población allí defendida no se las acostumbraba a atacar, a no ser que se entablara una encarnizada defensa o de ellas proveyera la agresión.

Los cristianos, al mando de Juan de Austria, les combatían con humo, bombas de fuego, artillería o escalas, «conforme a la disposición de cada uno». De su eficacia da medida que el propio cronista reconozca los daños y dificultades que ocasionaba a los combatientes cristianos su conquista. Arruinados los castillos, casi setenta años antes, estas cuevas sirvieron como tímida y única fortificación para una población que combatía con golpes de mano y grandes movimientos sobre el terreno. Esta misma circunstancia hacía difícil la posibilidad de que estos conjuntos fueran obra del mismo levantamiento, y más bien parecer ampliaciones en los años inmediatos a estos sangrientos sucesos. A partir de la guerra de los moriscos, estas cuevas perdieron cualquier utilidad y hoy su historia se confunde con la leyenda popular.

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